Mourelle y Constanzo, la danza de los foráneos, y la necesidad de pensar

0

Al secretario de Hacienda de la Municipalidad de General Pueyrredon, Hernán Mourelle, y al Contador Municipal, Guillermo Constanzo, les alcanza el mismo carácter frente a los marplatenses: ninguno de los dos son de la ciudad, aunque trabajan en ella y gozan de los haberes más altos que en la comuna se eroguen a favor de funcionarios.
Mourelle, como todos saben, llegó a Mar del Plata enviado por el equipo de economía del Ministro Hernán Lacunza, para ayudar a la gestión del intendente Carlos Arroyo a poner en orden las cuentas.
Constanzo, en cambio, es un personaje mucho menos conocido en la opinión pública local. Viene de la política al igual que Mourelle, tuvo un vertiginoso ascenso en la carrera local, luego de ser concejal en Lobería por el kirchnerismo, trabajar como contador del Emvisur y saltar a la Contaduría Municipal, cargo que goza de la protección de la Ley Orgánica de las Municipalidades y que le da estabilidad casi de vitalicio.
Hasta ese puesto accedió por recomendación del ex intendente Gustavo Pulti durante su gestión. Recordemos que también en la secretaría de Hacienda, por los años de la gestión pultista, estuvo el contador Daniel Pérez, ex decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Pérez es militante peronista -también- e integra la lista que en la interna del Frente de Todos competirá junto a Horacio Tettamanti, en contra de Fernanda Raverta.
Este domingo, el semanario Noticias & Protagonistas consigna con claridad la foja de servicios de Constanzo en Lobería, los inconvenientes que tuvo ocupando más de un cargo público al mismo tiempo, y detalla que el denunciante, otro concejal loberense Francisco Néstor García, aportó documentación en nuestra ciudad antes de que el Contador fuera designado para el cargo con aval del Concejo Deliberante pero que aquí, por aquellos años, no se le dio importancia al contenido de la denuncia.
Más allá de aquellos hechos, que de por sí son gravosos, lo que queda en claro es que Mar del Plata, una ciudad con poco más de 650.000 habitantes estables, cinco universidades, varias décadas de graduados con historia propia en la ciudad, dirigentes que trabajan anónimamente o no por los marplatenses y la comunidad, no puede estar siempre pendiente de la participación salvadora de gente de otras jurisdicciones.
Algo no se debe haber hecho del todo bien durante estos últimos años para que, con tanta naturalidad, los marplatenses nacidos y criados aquí deban tomar con absoluta complicidad la aparición de quienes, llegando desde otras latitudes, parecen tener las soluciones cuan recetas mágicas para la conducción de la ciudad. Por lo menos, nos obliga a pensar.