Graciela Salerno: toda una vida para el conocimiento

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En el día del investigador recreamos la historia de una investigadora que dedicó su vida a la ciencia, la investigación, la docencia y a la búsqueda de respuestas sobre cómo las células de las plantas producen las cosas.

Graciela Salerno es investigadora superior del CONICET Mar del Plata, ad honorem. Actualmente es profesora emérita de la Universidad Nacional de Mar del Plata y miembro del Comité Ejecutivo de la Fundación para Investigaciones Biológicas Aplicadas (FIBA). Creó en 1990 la Cátedra de Biotecnología en la Licenciatura de Biología de la UNMdP y fue directora del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Biotecnología (INBIOTEC-CONICET).
Nació en Buenos Aires, en una familia típica italiana, con ningún miembro que haya podido finalizar el secundario: “pero teníamos muchos ejemplos y valores, sobretodo mi madre. Y me pasaron cosas muy fuertes en la vida que marcaron mi personalidad. Yo me siento una bendecida por todo lo que me tocó vivir. Las carencias te fortalecen enormemente. Sobre todo en esta época donde todo parece que no hay, que falta, que no alcanza. Cuando viene de adentro lo que querés hacer, lo hacés”, afirma Graciela.
Se aburría en la escuela primaria, hasta que un vecino le contó que había entrado al secundario con un año menos. Después de averiguar cómo hacer, preparar cuatro materias, y rendir el examen de ingreso, comenzó primer año en el Colegio Nacional Buenos Aires con 11 años: “Entré en una época riquísima, la década del 60. Absorbí la experiencia del colegio como una esponja”.
Admiradora del arte, el recorrido estudiantil se vio colmado de experiencias artísticas visitando semanalmente las Galerías Pacifico de Buenos Aires y otros espacios culturales de la ciudad. Soñaba estudiar Letras, luego Matemáticas, Pintura y finalmente al finalizar el colegio secundario, Graciela inclinó la balanza de decisiones hacia la Química.
“Lo que me gustó fue una parte del cuso de Química Orgánica, que se llamaba Merceología, dónde se veían procesos de producción de compuestos químicos. Era como una química aplicada, práctica.” Eso definió el rumbo de su vida.
Estudió Licenciatura en Química en la UBA, mientras trabajaba de todo lo que podía: como administrativa, como ayudante de docente y transcribiendo apuntes de clase en esténciles para reproducir y vender. Luego llegó el Doctorado, con una beca en Bariloche, en la recientemente creada Fundación Bariloche.
“Para mi familia fue toda una revolución. Yo era la primera en estudiar y la primera en irme de casa para continuar mis estudios sin haberme casado. Me llenaron de regalos tipo ajuar como una despedida de soltera. Mi mamá me dijo `te doy las dos cosas más útiles que tenés que tener´ y me dio un embudo y un limpia bombillas”, comenta risueña.
Graciela se instaló en Bariloche para trabajar en algo novedoso para ella: mecanismos de acción hormonal en plantas. “En esta parte de mi vida fui también como tocada por una varita mágica, porque la experiencia de la Fundación fue lo mejor que me pasó en la vida, después del Nacional Buenos Aires. Fue una institución de excelencia, muy diversa con departamentos como Música, a donde pertenecía la Camerata Bariloche, Geología, Economía de la Energía, Sociología, Biología, donde estaba yo, Matemática e Informática. Por lo tanto, la experiencia de convivencia con personas de tantas disciplinas, el compartir diario, las discusiones, era todo riquísimo”, relata.
De la mano de su recorrido doctoral, en Bariloche también llegó la historia de amor que la acompañaría hasta la actualidad porque Graciela se enamoró del que era el creador del Departamento de Biología de la Fundación Bariloche, Dr. Horacio Pontis, con quien lleva 46 años de historia y dos hijos. “Con Horacio fue inexplicable, sentí los hilos que nos unían en muchos sentidos: la pasión por la química biológica, por el arte, por la ciencia, por el conocimiento”. También en esos años pudo estudiar Artes Visuales y profundizar su entusiasmo por la pintura y otras disciplinas artísticas.
Su jurado de Tesis doctoral fue el mismísimo Dr. Leloir, ganador del Premio Nobel en Química en 1970, junto al Dr. Santomé y la Dra. Passeron. Y desde allí y hasta el día de hoy se dedicó a continuar la línea de investigación de un descubrimiento de Leloir y que se convertiría en el gran aporte de Salerno al mundo de la ciencia: profundizar sobre el origen del metabolismo de la sacarosa, es decir cómo se origina el metabolismo de la sacarosa en los seres vivos que hacen fotosíntesis y que habría aparecido en organismos ancestrales, como las cianobacterias. “Ese descubrimiento fue el momento más emocionante de mi carrera. Y no fue un instante, fueron muchas pruebas hasta que dije `Si, es. Ya está.´Y no lo podía creer”, narra Graciela.
Tras siete años en Bariloche, emprendieron una estadía en Francia por casi dos años, donde tuvo su primer hijo, André. Y regresaron, por un pedido especial de Leloir para instalar en la ciudad de Mar del Plata, parte del laboratorio de Biología que había quedado de la Fundación Bariloche. Así nace FIBA en 1979, que aún continua funcionando en Catamarca y Vieytes. Luego llegó el inicio de la docencia en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, y su comienzo en el CONICET en 1982.
El origen evolutivo de la sacarosa fue su línea de investigación desde entonces porque “quería saber qué organismo lo empieza sintetizar y por qué, es decir, ¿por qué esta molécula aparece en la vida terrestre y por qué sólo en algunas especies?”, explica. Así, Graciela volvió a aquella motivación de la Merceología y su deseo de saber el porqué de las cosas pero ahora en el marco de su carrera de investigación.
Graciela dice que hay algo que se ve en el otro para que sea investigador y realiza un gesto con la mano como rozándose los dedos pulgar e índice: “Es esa persona que quiere ir siempre un poco más allá, no se conforma y tiene autocrítica y auto exigencia para poder avanzar y profundizar. Es como tener a ese maestro que te desafía, pero internamente”.
“Es importante que los grupos de investigación tengan líderes pensantes, motivacionales. Para hacer buena ciencia es necesario tener maestros, modelos que te revuelven, te sacuden, te desafían. El pensamiento lateral hace que la ciencia se nutra: juntar ideas es lo más enriquecedor para cualquier proyecto”, remarca Graciela.
Dedicarse a la investigación en ciencia fue una vida elegida: “Me permitió conocerme. Hay un ejercicio donde te tenés que despojar del ego porque la mejor manera de presentarte ante los resultados o ante lo que haces, es no creértela. Eso requiere mucho trabajo interno. Y la necesidad de ir siempre más adentro, a cosas más profundas del conocimiento, del ser humano y de su esencia. Estudiar la naturaleza te lleva a eso, te conectas con algo interno y externo al mismo tiempo”.
A Graciela se le ilumina el rostro cuando explica su mayor descubrimiento, que no es exactamente científico, si no existencial: “Yo descubrí la maravilla de la naturaleza, es tan asombroso el funcionamiento de los seres vivos, y son tan diferentes los unos de los otros, que te brota el deseo de saber más todo el tiempo, sabiendo que no vas a llegar ni al principio ni al final, solamente vas a poner un poco de luz en algo. Es maravilloso darse cuenta de esto cuando estudias la química de la célula. El metabolismo que nos conforma es increíble”.
También es una apasionada por los bosques y los pájaros “Los árboles tienen algo muy especial para mí. Es como la canción que dice que lo talas y renace. No importa cuántas veces te quiebres, siempre seguís. Y esa es mi vida”.
41 años de docencia, 38 años como investigadora del CONICET, más de 30 tesis de licenciatura dirigidas. Más de 50 años en el mundo de la ciencia y la investigación. Y una pasión que arremetió contra todo, con las raíces firmes… como un árbol.